Saturday, June 25, 2016

La vela de la luciérnaga

Mi cura repentina lo atribuyen los médicos a un tratamiento nuevo y radical. Que fue radical, puedo asegurarselo. Basta con levantarme el pelo de mi frente para mostrarles las cicatrices. A veces lamento de que la cirugía no me quito ni la vida ni el entendimiento ni la memoria de los eventos que me llevó a este fin. Quizás así no sería yo responsable para la carnicería que van a perpetuar con el excusa de los resultados alumbrantes de mi caso.

La verdad es que nunca era necesario entrar por la fuerza en mi cabeza. Siempre estaba abierta. Las voces, las luces, los colores, las ondas de energía que radian de los seres vivos, incluso las más pequeñas. Me penetraban como a todos, una red delicada de la vida misma pasándose por los cuerpos para animarles y hasta que los cuerpos se convierte en los muertos, consumidos por la vida. Desde mis primeras memorias de la vida, yo veía las pequeñas huellas de la vida, particularmente en el momento antes de la muerte. Los huecos negros de insectos muertos suspendidos en las telarañas o caídos de sus impactos contra el vidrio para morir en el alféizar. Por horas, miraba a las moscas y las abejas frustradas, batiéndose contra una ventana medio abierta sin pensar nunca en pasar por debajo. Sólo al último instante, cuando la vida pulsaba como una cerilla en el momento de encender, aprendí a guiarlas con mis manos juntados a la salida. Quemando, pero vivos, las moscas y las abejas salían al aire libre, y yo me sentaba de nuevo cerca de la ventana con un libro de texto cerrado y casi olvidado en mi regazo.

Mi error fue admitir mi juego a un niño del apartamento al otro lado del pasillo. Él también le gustaba mirar a los insectos, pero los capturaba en receptáculos de vidrio como los frascos de mermelada. Un día, me trajo un frasco de vidrio verde en donde se podía ver las luces parpadeando de unas luciérnagas. Una brillaba tanto que, sin pensar en que no fue la luz de su abdomen sino de su cuerpo entero, indiqué el bicho moribundo al niño del lado. “¿Ves cómo brilla?” le pregunté, pero el niño me miraba con un remordimiento tan sencillo y inocente.

“Esa la aplasté un poco. Siempre dan luz cuando se las aplasta.”

Pensando que él entendía, confesó todo lo que sabía sobre el fluir de la vida de mis experimentos con las moscas y las abejas. Me escuchó, atento, fascinado, hasta que la luciérnaga desafortunada se murió. Una luz pálida y verde continuó donde la mancha de sus fluidos se había escapado, pero el cuerpo se oscureció como una cerilla consumida. Su madre llegó a nuestro piso y lo arrastró a la cama, diciéndole a él que era un niño malo por no estar en cama a una hora tan tarde, pero nunca me miró de los ojos ni me habló.

El niño me había visitado unas veces más, pero lo hicimos un secreto, reuniendo el sótano del edificio para hablar de cómo fluye la vida por los cuerpos de los insectos, los ratones, y los vecinos.  Nadie me vino a regañar de nuevo. Y sola, pero no tan sola, me cuidaba, como lo había hecho por años, hasta la llegada de la policía.

“¡Fue ella!” gritó la madre del niño de los frascos de insectos. “La loca. Ella lo ha matado.”

“¿Quién se murió?” les pregunte a los investigadores, pero nunca me respondieron. Solo en la sala de juicios me dijeron la verdad triste.


Fascinada con la esperanza inútil de ver con sus propios ojos las luces que yo le describió, el niño entraba la cocina durante la noche y aplastaba sus luciérnagas capturadas, luego las moscas y las hormigas que rodeaban las frutas, dejándolas morir donde cayeron. Incapaz de ver ningún cambio, aún con sus ojos ajustados a la oscuridad y unas docenas de insectos vivos y muertos, el niño se fue en búsqueda de algo más grande. La próxima mañana, la madre lo encontró dormido con media docena de ratones en su mochila. A todos los ratones, en un momento de furia la madre les dio la muerte y al niño le negó su desayuno. Pienso que fue ella la quien me dejó la mochila lleno de pequeños huecos oscuros en las ondas de la vida. La nota encima dijo una palabra, maldita, pero su intención fue clara.

Incapaz de entender cómo se conectan esos ocurrencias, permitía que viniera el niño. Un día, confesé al niño que me preocupaba el salud del señor muy amable del cuarto piso para darle al niño un respeto más grave hacia el proceso de la muerte. Pensé que el señor iba a morir muy pronto, provocando una tragedia en el edificio y la desesperación de su mujer, pero el niño lo siguió por días, buscando el momento de la muerte. En vez de brillar más fuerte, la luz inquietante se fue del hombre con la compañía agradable de un niño, aunque me dijo una vez que el chico parecía un poco raro, y el niño empezó a dudar la precisión de mis presentimientos.

Por eso, cuando le dije al niñito que tenía mala color un día y que algo chispeabaen su pecho, no corrió a su mamá de inmediato para que ella lo lleve a un médico. Solo sabía, antes de ser acusado de su muerte, que él no me buscaba más. Esperaba que estuviera bien, pero no quería traicionar su confianza y hablarle a su madre de que él me visitaba contra sus órdenes. Así, cuando llegó la policía, tardé solo un momento antes de reconocer la acusación de la madre, pero no podía creerlo hasta oír la verdad precisa. No quería llorar por el niño sin saber con certeza que la vida le había consumido.
Después de mi testimonio, en que les dijo que el corazón del niño había sido frágil por unas semanas, fui remitido a una institución. Después de años intentando convencerme de falsedades sobre mi caso, me operaban en una cirugía experimental. Aprendí mantener el silencio cuando los médicos lo celebraban tanto. Mi comportamiento tan cauteloso me ganó la libertad. No sabía, hasta mi liberación, los últimos datos del caso.

La madre le había sorprendido al niño en su habitación con un ratón medio diseccionado debajo de su escritorio. Nunca sabía que le molestaba tanto los límites de su percepción que le revelé mientras intentaba mostrarle la sencillez de la transición entre la vida y la muerte. La belleza de quemar en un instante con un torrente de la vida antes de que el fuego deje tan solo la materia inerte del cadáver.
Ni sus gritos ni el niño llegaron a mi puerta, aunque el niño intentó buscar mi protección. Su madre le agarró la camisa para impedirle y el niño se cayó en el cuchillo que había usado como el cirujano usa el bisturí. El cuchillo sólo le daño a sus costillas, pero el choque le paró el corazón. La autopsia reveló un agujero entre dos atrios del corazón que se agrandó de repente, posiblemente por latir tan fuerte en su pánico, posiblemente por la sacudida de la caída. Me encerraron en la institución con la prueba de mis comentarios dementes y la acusación de que yo había instigado esas investigaciones tan perturbadoras.

Si alguien creía que yo no sabía lo que hacía, no lo sé. Según el registro del juicio, nadie me defendió. Al fin, mi abogado rogaba por la merced del tribunal a base de mi locura.
He pasado horas dentro de la celda del sanatorio esperando mi castigo y lo he recibido. Quedé aterrorizada de confesar que echo de menos tanto la síntoma de que me curaron. No obstante, siento ya que la luz de la vida debiera arder tanto en mi cuerpo ahora que no debo más evitar mi último deber. No le confío a usted el secreto de la ceguera del niño para aliviar mi culpa ni para que se vuelva loco con el querer ver el fluir de la vida.

Le mostraría a usted y a todos sus lectores mis cicatrices para que nadie más sufriera la invasión que me dejó tan ciego como ese pobre niño.

No comments:

Post a Comment